Todos los seres humanos tenemos necesidades. El psicólogo estadounidense Abraham Maslow en 1943 ya definía la necesidad como una sensación de carencia, y señalaba que los hombres teníamos dos tipos de necesidades: las necesidades primarias, aquellas básicas para la supervivencia de la especie humana, por ejemplo, comer o dormir; y las necesidades secundarias, aquellas que mejoran la calidad de vida del ser humano, por ejemplo, perfumarse o maquillarse. He aquí la paradoja de las necesidades, puesto que la labor de las empresas es hacernos ver que su producto es vital en nuestra vida, aunque realmente no lo sea. Es cierto que numerosos profesionales del marketing sostienen que esta disciplina no crea necesidades, sino que estudia el modo de satisfacerlas a través de la materialización de unos deseos concretos. Por tanto, las empresas de belleza pretenden reforzar la autoconfianza (el eslogan de L’Oreal Paris es “porque yo lo valgo”), sentir un cierto estatus social (dependiendo también de la marca) y, sobre todo, estar integrado en una determinada sociedad.
Básicamente, los perfumes se componen de tres elementos: una mezcla de aceites esenciales, responsable de las distintas fragancias: floral, cítrico, fresco, etc.; un disolvente, principalmente alcohol; y un fijador para que el perfume perdure en el tiempo. Todo ello es elaborado de forma sintética en fábricas, por lo que conocer el funcionamiento del sentido del olfato en esta industria es crucial. Sin embargo, no todo queda aquí, puesto que las empresas deben saber explicar por qué su perfume es el mejor de entre el resto de empresas competidoras. Aparte de anunciar el producto en los medios de comunicación tradicionales (televisión, radio o prensa), también suelen acudir a las redes sociales e Internet. Este último preferiblemente a través de la publicidad programática, es decir, mediante anuncios personalizados en función de los gustos de los usuarios que son registrados por las “cookies”. Para ello, normalmente, suelen recurrir a ídolos de masas o “influencers”. Con ello, no solo llegan a un mayor volumen de audiencia, sino que también aportan unos valores al producto. En el caso de “Voce Viva Intensa”, la nueva fragancia de Valentino, se decidió que la persona idónea para promocionar dicho perfume sea Lady Gaga. Por tanto, ya no es solo una “esencia de jazmín, con un toque adictivo de musgo de cristal e intensificado por vainilla Bourbon”, como se indica en su página web, sino que, además, a los ojos del consumidor se le han añadido al producto los atributos que representa Lady Gaga: “una mujer decidida, optimista, deseosa de vivir plenamente y tener un carácter inspirador e independiente”. Así pues, la presencia de Lady Gaga no solo repercute en el posicionamiento del producto. En otras palabras, no solo afecta a la idea que tiene un consumidor sobre el producto, sino que también ejerce una influencia en la imagen de marca, es decir, cómo ve el usuario a esa marca.
En definitiva, esto puede derivar en una mayor fidelidad por parte de los consumidores, que se mostrarán más proactivos a mejorar el producto o la imagen de marca con las posteriores encuestas realizadas por el departamento de marketing de la empresa; o en un absoluto rechazo por los valores que la marca desea transmitir, pero que no conectan con la audiencia.
